Haile Selassie, Rey de reyes, descendiente de Salomón, el poder de la Trinidad. Fue destronado en 1974 por una revolución militar y murió un año después creyéndose todavía emperador de los etíopes. Hoy pocos le recuerdan y quien lo hace, lo cita de corrupto usurpador, de ladrón, de asesino. Sin embargo, hubo quienes lo amaron y veneraron, quienes pensaron que su benevolencia era propia de un Dios. Ryschard Kapuscinski da voz a sus antiguos dignatarios, a los que se quedaron en Addis Abbeba en un intento de sobrevivir a la revolución, a aquellos que sirvieron a un Imperio en bancarrota, y que, no obstante, desempeñaban las tareas más triviales.
El relato comienza con los testimonios de aquellos que vivieron la vida opulenta en Palacio, el limpiador de orines de Lulú (el perrito imperial), el colocador de almohadas o el encargado de abrir la puerta a su Majestad, siempre en perfecta armonía, pues Haile Selassie debía “conservar intacta su dignidad”.
Todos ellos piensan que la vida en Palacio es apacible y que el Emperador, su bondadosa persona, es el mejor ejemplo de un perfecto gobernante. Ven con malos ojos, a los jóvenes universitarios, que no hacen sino, desfigurar la imagen del Digno Señor.
Sin bien, por otra parte, el año sesenta fue terrible para los etíopes, “ una maligna plaga de procesionaria anidó en la sana y jugosa fruta de nuestro Imperio, y todo se desarrolló de manera tan fatal y destructora que aquella fruta, por desgracia, chorreó sangre”. Durante un viaje del Emperador, uno de sus más allegados y queridos nobles, Germame Neway, gobernador de la región sureña de Sídamo, organizó un golpe de Estado. Su querido amigo, encabezó el complot junto a su hermano mayor y el coronel Workenh Gebayehu. Los rebeldes irrumpen en Palacio y “mueren los dieciocho hombres más próximos al Emperador. Los promotores del compló abandonan ahora el palacio y la ciudad, dirigiéndose hacia los bosques de eucaliptos que cubren los altos de Entonto. La noche se acerca. El avión con el Emperador a bordo aterriza en Asmara”. Los ciudadanos, siguiendo los rastros de sangre, persiguieron con cuchillos y palos a los fugitivos hasta que finalmente unos campesinos les acorralaron. Germame, sin salida y con un arma en la mano, decidió acabar con la vida de todos ellos y la suya misma, pero el general Mengistu todavía vivía. No por mucho tiempo, a los pocos días, apareció colgado de un árbol.
Este hecho, señala el inicio de una nueva etapa, marcada por la desconfianza entre los dignatarios de la Corte y el ejército imperial. Es por ello que, Haile Selassie intenta modernizar su modo de gobernar introduciendo nuevas actividades que le permitan estar en permanente contacto con los militares y políticos. Por otro lado, se introduce en la Corte y en el pueblo una manía por desarrollarse. “Todos pensaban en cómo desarrollarse, pero no de una manera natural, acorde con las leyes divinas, eso de que el hombre nace, se desarrolla y muere, sino en cómo desarrollarse de una manera espectacular, dinámica y potente; en hacerlo de una forma que todos lo admirasen, lo envidiasen, hablasen de ello sin dar crédito a sus ojos”. Así, el Emperador comenzó a inaugurar puentes, aeropuertos, edificios, hospitales, todos con su nombre. Y este gasto continuo junto a la corrupción habida en Palacio, sumió al Imperio en la bancarrota. En consecuencia se produjo el alza del precio de la gasolina y de los tributos a los campesinos. La hambruna hizo mella en las provincias y los altos dignatarios hicieron caso omiso. “El pueblo no morirá -arguye el ministro de Finanzas-; si no se ha muerto hasta ahora, es que ya no se muere”. La indiferencia de Palacio fue el motivo apropiado para que los militares iniciaran otra revolución. En enero de 1974 el ejército imperial desmontó a la élite imperial aunque no destituyó al Emperador, pues era necesario preparar a la opinión pública y evitar una fragrante derrota como la del sesenta. Para ello, ocuparon los medios de comunicación y lanzaron una imagen negativa del Emperador y los gritos de ladrón, devuélvenos nuestro dinero,”, traspasaron las ventanas de Palacio.
El 12 de septiembre de 1974 asumió el poder el Comité Militar Provisional aunque Haile Selassie murió sintiéndose todavía, Emperador de Etiopía.



